Cómo acceder al apalancamiento

En el post anterior vimos qué era el apalancamiento y cuáles son sus peligros, principalmente debidos a nuestra percepción del futuro siempre favorable a nuestros deseos. Hoy vamos a ver algunos ejemplos de instrumentos que nos permiten fácilmente acceder a dicho apalancamiento.

En primer lugar, podemos apalancarnos vía deuda (a través del crédito y una inversión monetaria por lo tanto mayor; camino harto difícil en el actual entorno bancario, a no ser que uno sea un banco), o directamente a través de productos financieros que ya llevan implícito en mayor o menor medida el efecto del apalancamiento. Podremos entonces graduar nuestro apalancamiento a través del producto más adecuado en cada situación.

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El apalancamiento y la botella medio llena

Apalancarse en los mercados financieros, desde un punto de vista conceptual, consiste en, con el mismo dinero, conseguir una mayor exposición a las variaciones de precios que un activo puede experimentar. Dicho en otras palabras, multiplicar por un factor A el efecto sobre nuestro patrimonio que la inversión en dicho activo tendrá. Así, será como si en vez de contar con “5”, contáramos con “100” (A=20) para invertir.

Por ejemplo, si pensamos que el oro ha subido mucho en los últimos meses y que bajará en los próximos, podemos apalancarnos de tal manera que, en caso de producirse nuestro escenario, podemos ver aumentar nuestra inversión por el factor A que hayamos elegido para realizar dicha operación. Si el apalancamiento elegido fue, por ejemplo, de -3 veces (el signo negativo es porque se trata de una apuesta bajista) y el oro cae un -10%, a nuestra cartera le impactará con una subida de (-3)*(-10%) = +30%. De la misma forma que si el oro sigue subiendo un 15%, a nuestra cartera le repercutirá con una pérdida de (-3)*(+15%) = -45%.

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El fútbol y la Asignación de Activos

Nos devanamos los sesos intentando encontrar el mejor ETF o Fondo de inversión en el que invertir nuestros ahorros. No nos faltarán consejos y recomendaciones en internet, entre los amigos y desde el Director de la sucursal de nuestro banco de la esquina.

¿Y si no fuera tan importante elegir bien un Fondo de inversión? ¿Y si lo más importante fuera elegir a qué vamos a “apostar” nuestro ahorros?

Recurriendo a una analogía con el fútbol, ¿y si lo más importante para conseguir unos resultados robustos fuera contar con un equipo bien organizado y equilibrado, y no tanto de contar con Messi o Cristiano Ronaldo jugando con nosotros? Es evidente que excepcionales jugadores pueden ofrecer ese extra necesario para ganar los partidos. Pero si no están apoyados por una buena estrategia de juego y ayudados por un buen equipo a su alrededor, no hay garantía de victoria.

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Por ejemplo, podemos encontrar muchos Fondos y ETFsque invierten en Bonos gubernamentales de largo plazo (que suben su cotización cuando los tipos de interés bajan, y a la inversa cuando suben). Podemos estudiar las particularidades de construcción de cada ETF. Podemos pasar muchos días e incluso semanas antes de tomar una decisión hasta encontrar el que pensamos será nuestro particular Messi de los Bonos a largo plazo.

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La cuchara de la paciencia

Dicen que la paciencia es la madre de todas las ciencias. Pero también podríamos decir que es la madre de toda buena inversión en Bolsa. Justo lo contrario de lo que solemos buscar y encontrar cuando queremos invertir.

La prensa se alimenta de noticias que llamen la atención, no necesariamente que sean rentables o constructivas. Así, será motivo de titular cuando una acción cae o sube un 20% en un día, independientemente de si al día siguiente pierde todo lo ganado o perdido, o de si era totalmente imposible posicionarse de forma legal con anterioridad para rentabilizar el movimiento. De forma opuesta, una tranquila acción que poco a poco ha ido sumando un 10% de rentabilidad media anual durante años, será poco probable que ocupe los titulares que copan esas otras pequeñas explosiones tan vistosas, pero tan inútiles a la hora de invertir.

Efectivamente, a toro pasado, puede resultar muy sencillo pensar lo fácil que hubiera sido invertir en dicha acción justo el día antes de que subiera un 20%. Pero pensar de esa forma es similar al soñador que ve por televisión la alegría de los afortunados ganadores del último sorteo de la lotería de navidad es inútil conocer el número, el resultado, a posteriori. Entonces, ¿por qué hacer caso de esas noticias espumosas? ¿Por qué prestar atención al incesante bombardeo de variaciones inútiles en las cotizaciones con las que no podemos hacer nada constructivo?

La sabiduría oriental nos puede enseñar un camino alternativo, el de la paciencia. Sus resultados, aunque ya nos los han contado alguna vez, tendemos a olvidarlos y siguen siendo tan sorprendentes como poco practicados.

Cuenta la leyenda que uno de los habitantes más viejos de un pequeño pueblo construido a los pies de una gran montaña empezó un día a levantarse muy temprano y salir hacia la montaña con una cuchar en la mano.

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El miedo del mercado

Cuenta la sabiduría bursátil que cuando todos estamos de acuerdo en algo, lo más probable es que ocurra justamente lo contrario. Dicho de forma más técnica, cuando existe un acuerdo unánime entre los participantes del mercado cobre cuál es el escenario bursátil más probable; los propios participantes, habiendo ya consumido su liquidez y posicionados en el mercado a favor de dicho escenario, anulan su realización por falta de nuevos inversores que lo impulsen a ir más allá.

Si conociéramos cuál es el “sentir popular” de los participantes del mercado, podríamos permanecer atentos a cuando esos momentos de acuerdo general se vuelven peligrosamente unánimes. Posponer una compra o una venta, esperando mejores momentos para entrar o salir del mercado. ¿Pero cómo medir con mayor precisión ese “consenso”? Existen encuestas que intentan medir ese “sentimiento del mercado”. Pero como todas las encuestas, uno puede hacer una cosa y luego decir otra, con lo que mucha gente no las considera fiables. Para medir ese escurridizo valor, que es más emocional que otra cosa, con mayor precisión, se recurre una herramienta llamada VIX, o Índice de Volatilidad Implícita de las opciones intercambiadas sobre el S&P500. Ahí nadie puede mentir. Si se cruza una opción, se trata de dinero real que cambia de manos, por lo que los participantes están materializando, cada uno con un punto de vista inverso, exactamente su visión del mercado.

¿Pero qué es el VIX? La volatilidad, definida estadísticamente como la desviación estándar de las rentabilidades diarias pasadas, es un valor ex post. Esto es, se trata de un número que conocemos midiendo cómo se ha comportado el pasado. Éste valor, la volatilidad histórica, es un parámetro esencial a la hora de valorar con objetividad el precio de una opción financiera. A mayor volatilidad, mayores serán los precios de las opciones, pues hay más probabilidades de que los subyacentes se muevan “más”. Sin embargo, una cosa es la teoría y otra la práctica.

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Invirtiendo con los grandes ciclos

En el gráfico que mostramos a continuación, podemos ver que la Bolsa (utilizando para representarla el índice S&P-500) pasa por largo periodos alcistas, otros tantos bajistas, y algún que otro largo periodo de movimiento lateral. ¿No sería mucho más interesante estar invertidos en Bolsa sólo durante los periodos alcistas, y olvidarse durante los periodos bajistas o laterales?

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Efectivamente, estar invertido en los periodos alcistas de largo plazo, que duran una media de 15 años, nos proporciona una rentabilidad media anual del 13.2%.

Sin embargo, estar invertidos durante los periodos bajistas o laterales, que suelen durar unos 18 años de media, nos proporciona una rentabilidad anual de sólo el 0.3%.

Estos datos desbancan la creencia popular de que para el largo plazo hay que estar siempre invertido en Bolsa . Una práctica muy popularizada entre los grandes Fondos de Pensiones que invierten para el muy largo plazo, temerosos de perderse las grandes subidas que (hablamos ya de varias décadas) acaban por ofrecer los mercados de acciones si “se les deja reposar” el tiempo suficiente.

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Los ETF, la Beta y el Alfa

Los ETF son un gran invento, salvación del inversor y ahorrador particular interesado en replicar con exactitud el comportamiento de un mercado.

Si consultamos los datos objetivos sobre el resultado de la gestión activa (que tratan de batir a un mercado concreto) de los fondos de Inversión en España, descubrimos en este paper del IESE que estos fondos a menudo no consiguen su objetivo de conseguir una rentabilidad superior al mercado en el que invierten.

Los ETF son un producto que responde a una demanda por parte de un tipo de cliente que sólo quiere invertir su dinero en un único tipo de riesgo, sin que nadie meta la mano. Es decir, no quiere más riesgo del que tiene el propio mercado en el que quiere participar. A este riesgo se le llama técnicamente “beta”.

La beta

Originariamente, la beta era y sigue siendo el coeficiente de correlación que una acción tiene con respecto a su índice. Es decir, cuánto se va a mover la acción según se mueva el índice bajo el que se agrupa. Por ejemplo, una beta de 1.2 implica que la acción se moverá un 20% más que el índice, tanto al alza como a la baja. Al revés, una beta de 0.7 implicará que la acción se moverá un 30% menos que su índice, o que seguirá sus movimientos al 70%.

La beta de una acción siempre hace referencia a su índice, por lo que por extensión de uso y comodidad, se ha pasado a llamar beta al comportamiento global de dicho índice o activo en sí mismo. En resumen, se trata del propio riesgo del mercado en concreto en el que invertimos, sin que se pueda producir ninguna variación en la rentabilidad final por una mala gestión activa.

El Alfa

El concepto de beta se introdujo para diferenciarlo del de “Alfa”, o presumiblemente el porcentaje de rentabilidad que un gestor es capaz de sacar por encima de la beta del índice que tiene de referencia gracias a la gestión del Fondo.

Obviamente, lo que nos interesa es invertir en aquellos productos con más alfa, pues estaremos ganando más que el mercado. Incluso en productos de alfa llamado “puro”, o sin beta, si sólo buscamos rentabilidad sin estar atados a los vaivenes de los mercados (beta).

El problema es que dichas “alfas”, cuando existen, no suelen durar mucho. Y elegir entre ellas es un proceso mucho más complicado que elegir un mercado al que apostar. Además, recordando el trabajo publicado en el IESE, parece que la generación de alfa es difícil de generar.

Los ETF

Si queremos invertir en un activo sin que el riesgo de que una mala gestión o unas comisiones elevadas reduzcan nuestra rentabilidad, los ETF se revelan como el vehículo ideal.

Más allá de su definición formal y técnica que debemos sin duda estudiar previamente antes de invertir, lo que nos interesa es ser conscientes de que un ETF nos da acceso a la beta más pura que un particular puede obtener. Esto es, apostar exclusivamente a la subida o bajada (con un ETF inverso) de un índice o activo, sin más intermediarios que el bróker.

Por ejemplo, si queremos invertir en bolsa española, en las mejores compañías, querremos invertir en el índice IBEX-35. Si queremos que nuestra exposición a este mercado sea los más fiel posible y no queremos añadir a los riesgos de mercado el “riesgo gestor” que podría penalizar nuestra rentabilidad, buscaremos un ETF referenciado al IBEX-35 que incluya los dividendos.

Comprando un ETF sobre el IBEX, tendremos nuestro dinero expuesto al 100% al riesgo de dicho índice, sin más sorpresas que las del propio mercado.

Recordaremos entonces que un ETF no nos resuelve la vida, es sólo un instrumento más a nuestro alcance. A parte nos quedará hacer los deberes. Esto es, encajar el uso de los ETF, o cualquier otro instrumento financiero, dentro de una estrategia razonable y con probabilidades de resultar rentable. Algo que, como el conductor de un coche nuevo que no sabe a dónde ir, nada tiene que ver con los instrumentos que utilicemos.

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“Esto no puede ocurrir”

2001En 1967, Stanley Kubrick (con la ayuda de Arthur C. Clarke) se concentraba en la producción de su próxima película “2001: Una Odisea del Espacio”; una obra maestra de la ciencia-ficción considerada aún hoy, más de 40 años después, como la referencia en el género.

Al principio de la película se muestra cómo una lanzadera comercial llega a una estación espacial en órbita en torno a la Tierra. Meticuloso hasta la obsesión con los más pequeños detalles, Kubrick no quería meter la pata en cuanto a cuál podría ser la compañía comercial capaz de ofrecer vuelos orbitales 34 años en el futuro. Para decidir, se asesoró con los mejores analistas de bolsa de Wall Street, preguntando no sólo por la compañía más sólida (lo que podríamos llamar una aproximación de estilo “value” a la inversión), sino por aquella con más posibilidades de crecimiento futuro (estilo “growth”). Aunando los dos estilos de inversión más consolidados, y escuchando a los más prestigiosos analistas, Kubrick dedujo que estaba apostando sobre seguro en cuanto a cuál sería la compañía que en 2001 nos permitiría viajar al espacio para pasar el próximo puente de vacaciones.

La compañía elegida fue la entonces todopoderosa Pan American World Airways, más conocida como PanAm, que quebró definitivamente en 1991, diez años antes de que el futuro nos alcanzase.

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Hágame Usted rico

Es curioso cómo no existe demanda de expertos en sonarle las narices a la gente. Supongo que es porque a nadie le gusta que le suene otro sus narices, de la misma forma que tampoco preguntamos si el novio o novia que tenemos es bueno o no.

Tampoco existen expertos en cómo meterse en la cama, o ducharse. Ciertamente, hay cosas que nos gusta hacer a nosotros, cosas totalmente personales, y lo que hagamos, lo que obtengamos, será totalmente una responsabilidad nuestra.

Cuando en la típica fiesta o reunión familiar alguien confiesa que se dedica a eso que llaman “la Bolsa”, inmediatamente la pregunta que se oye es “¿y qué acción compro?”

Internet lo ha puesto aún más fácil, no hace falta descubrir que tenemos un pariente o amigo que se dedica a la Bolsa. Ya no sólo buscamos qué acción comprar hoy para que nos haga ricos la semana que viene; ¡buscamos directamente alguien o algo que nos haga rico! O sea, que nos suene las narices.

Internet y los servicios financieros son una gran herramienta, pero nunca pueden sustituir nuestra propia responsabilidad ni la forma en la que queremos conseguir algo.

Si llamamos al técnico de la antena para ver mejor La sexta, queremos que nos arregle un problema, sabemos lo que queremos de él y lo que nos puede dar a cambio de su tarifa. Sería totalmente descabellado, estúpido, pedirle al antenista que nos haga reír porque no podemos ver el programa de Buenafuente.

Así, los inocentes pardillos se acercan a entidades financieras, expertos en inversiones y portales web que prometen rentabilidades de tres dígitos anuales, como si quisieran que les sonasen las narices por ellos. “Oiga, buenas. Venía a que me hiciera Usted rico”. Los trabajadores de la industria financiera, por supuesto, acceden encantados.

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El camino del sentido común

¿Son los mercados razonables? ¿Podemos esperar aplicarles con éxito algún tipo de lógica o razonamiento que produzca rentabilidad? Si creemos que sí, que la realidad acaba siempre por poner cada cosa en su sitio, y que cualquier locura del mercado está irremediablemente construida con pies de barro y acabará por desmoronarse, entonces un análisis sensato, cabal y razonable, puede ser nuestro camino.

 Todos sabemos por experiencia -y la historia de los mercados financieros así lo enseña- que la Bolsa pueden vivir en un mundo de fantasía que nada tiene que ver con la realidad económica que nos rodea y sustenta, el “valor real” de un activo. Efectivamente, la Bolsa sufre de un síndrome crónico de trastorno bipolar. Una temporada (que puede durar unas horas, o incluso años como hemos visto en el reciente boom inmobiliario y hace una década con la burbuja punto-com) los precios experimentan una euforia que les lleva a formar burbujas irracionales que parecen no tener fin y aceptar cualquier justificación; y la siguiente se sumergen en una depresión de la que parece no saldrán nunca como si el mundo se fuera a acabar la semana que viene.

 Keynes, a principios del siglo pasado, ya se dio cuenta de este curioso fenómeno y lo resumió bastante bien: el mercado, o sus precios, puede comportarse de forma irracional durante más tiempo del que nosotros podemos mantenernos solventes. El cementerio de inversores está lleno de gente que, a la larga, tenía razón sobre el valor de cierto activo o mercado, pero que fue exterminado (arruinado) porque la irracionalidad de los precios se extendió más allá de la liquidez disponible.

 Entonces, si la Bolsa pueden matarnos con la duración y profundidad de sus locuras, ¿qué podemos hacer? ¿Hay un camino “racional” para el inversión o estamos participando de un casino?

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