Los ETF son un gran invento, salvación del inversor y ahorrador particular interesado en replicar con exactitud el comportamiento de un mercado.
Si consultamos los datos objetivos sobre el resultado de la gestión activa (que tratan de batir a un mercado concreto) de los fondos de Inversión en España, descubrimos en este paper del IESE que estos fondos a menudo no consiguen su objetivo de conseguir una rentabilidad superior al mercado en el que invierten.
Los ETF son un producto que responde a una demanda por parte de un tipo de cliente que sólo quiere invertir su dinero en un único tipo de riesgo, sin que nadie meta la mano. Es decir, no quiere más riesgo del que tiene el propio mercado en el que quiere participar. A este riesgo se le llama técnicamente “beta”.
La beta
Originariamente, la beta era y sigue siendo el coeficiente de correlación que una acción tiene con respecto a su índice. Es decir, cuánto se va a mover la acción según se mueva el índice bajo el que se agrupa. Por ejemplo, una beta de 1.2 implica que la acción se moverá un 20% más que el índice, tanto al alza como a la baja. Al revés, una beta de 0.7 implicará que la acción se moverá un 30% menos que su índice, o que seguirá sus movimientos al 70%.
La beta de una acción siempre hace referencia a su índice, por lo que por extensión de uso y comodidad, se ha pasado a llamar beta al comportamiento global de dicho índice o activo en sí mismo. En resumen, se trata del propio riesgo del mercado en concreto en el que invertimos, sin que se pueda producir ninguna variación en la rentabilidad final por una mala gestión activa.
El Alfa
El concepto de beta se introdujo para diferenciarlo del de “Alfa”, o presumiblemente el porcentaje de rentabilidad que un gestor es capaz de sacar por encima de la beta del índice que tiene de referencia gracias a la gestión del Fondo.
Obviamente, lo que nos interesa es invertir en aquellos productos con más alfa, pues estaremos ganando más que el mercado. Incluso en productos de alfa llamado “puro”, o sin beta, si sólo buscamos rentabilidad sin estar atados a los vaivenes de los mercados (beta).
El problema es que dichas “alfas”, cuando existen, no suelen durar mucho. Y elegir entre ellas es un proceso mucho más complicado que elegir un mercado al que apostar. Además, recordando el trabajo publicado en el IESE, parece que la generación de alfa es difícil de generar.
Los ETF
Si queremos invertir en un activo sin que el riesgo de que una mala gestión o unas comisiones elevadas reduzcan nuestra rentabilidad, los ETF se revelan como el vehículo ideal.
Más allá de su definición formal y técnica que debemos sin duda estudiar previamente antes de invertir, lo que nos interesa es ser conscientes de que un ETF nos da acceso a la beta más pura que un particular puede obtener. Esto es, apostar exclusivamente a la subida o bajada (con un ETF inverso) de un índice o activo, sin más intermediarios que el bróker.
Por ejemplo, si queremos invertir en bolsa española, en las mejores compañías, querremos invertir en el índice IBEX-35. Si queremos que nuestra exposición a este mercado sea los más fiel posible y no queremos añadir a los riesgos de mercado el “riesgo gestor” que podría penalizar nuestra rentabilidad, buscaremos un ETF referenciado al IBEX-35 que incluya los dividendos.
Comprando un ETF sobre el IBEX, tendremos nuestro dinero expuesto al 100% al riesgo de dicho índice, sin más sorpresas que las del propio mercado.
Recordaremos entonces que un ETF no nos resuelve la vida, es sólo un instrumento más a nuestro alcance. A parte nos quedará hacer los deberes. Esto es, encajar el uso de los ETF, o cualquier otro instrumento financiero, dentro de una estrategia razonable y con probabilidades de resultar rentable. Algo que, como el conductor de un coche nuevo que no sabe a dónde ir, nada tiene que ver con los instrumentos que utilicemos.